Kardec lo expresa de manera frontal en El Libro de los Médiums: “Toda persona que siente en cualquier grado la influencia de los Espíritus, es por esto mismo médium. Esta facultad es inherente al hombre”. Lo que cambia, y cambia mucho, es el grado, la modalidad y la finalidad con que esa facultad se manifiesta.
Desde esta perspectiva, la mediumnidad es un puente entre dos planos de experiencia, el material y el espiritual, cuya existencia el espiritismo sostiene como parte de una visión amplia de la vida, la muerte y la evolución del alma. Kardec define al médium como intérprete entre Espíritus y encarnados, y su problema central no es tener fenómeno, sino aprender a ejercer su facultad con lucidez, disciplina y responsabilidad.
No todo el mundo es médium del mismo modo, pero casi todos tienen algún grado de mediumnidad. Kardec hace una distinción clave. En sentido amplio, casi todos pueden tener rudimentos de mediumnidad, porque casi todos sienten alguna influencia espiritual en algún momento. En el uso corriente, en cambio, se llama médium a quien posee una mediumnidad claramente caracterizada, es decir, perceptible por efectos más definidos y repetibles.
Además, no existe una mediumnidad uniforme. Kardec clasifica tipos, por ejemplo, médiums de efectos físicos y otras variedades según el tipo de manifestación. Esa clasificación no busca coleccionar rarezas. Busca dos cosas. Primero, dar criterio. Segundo, evitar que la gente confunda imaginación, sugestión o fraude con experiencia espiritual.
¿Se puede entrenar? Sí, pero con límites y con ética.
Se puede desarrollar la facultad hasta donde lo permitan las disposiciones de cada persona, pero no existe una receta infalible que convierta a cualquiera en médium a voluntad.
La práctica está rodeada de dificultades y no está exenta de inconvenientes si se aborda sin estudio serio. Su objetivo explícito es prevenir escollos de noviciado, orientar la observación y enseñar a relacionarse con los Espíritus con prudencia.
El entrenamiento mediúmnico no es solo un aumento de sensibilidad. Es, sobre todo, una educación del discernimiento. Incluye aprender a diferenciar la calidad de las comunicaciones, a sostener un método, y a cultivar una disposición moral que reduzca mistificaciones y obsesiones.
¿Para qué sirve entrenarla? Para servicio, reforma íntima y lucidez.
La mediumnidad no se considera un espectáculo ni un entretenimiento. Kardec insiste en darle al espiritismo un carácter grave y serio, evitando el enfoque frívolo de “jugar” con el mundo invisible.
La mediumnidad bien orientada cumple funciones muy concretas dentro de los centros y grupos espíritas. Sirve para el esclarecimiento, el consuelo, la educación espiritual y, en muchos casos, para tareas de ayuda y caridad espiritual.
Entrenarla importa porque, sin formación, la mediumnidad puede volverse confusa, ansiosa o improductiva. Con formación, en cambio, puede convertirse en una práctica de lucidez interior, servicio y mejora moral.
La mediumnidad es una facultad humana real en grados diversos, que requiere educación. No se trata solo de “poder percibir”. Se trata de aprender a servir con criterio, de sostener una práctica sobria, y de convertir la sensibilidad en responsabilidad. Y, como deja entrever Kardec al definir al médium como intérprete, lo más importante no es la fenomenología, es la calidad de la relación entre mundos, y la transformación interior que esa relación exige.